Un curso de milagros

Una obra escrita sobre la voluntad, traducida a una lengua que carece del verbo nuclear de su enseñanza.

Un curso de milagros fue dictado en inglés entre 1965 y 1972 a la psicóloga Helen Schucman, publicado por primera vez en 1976, y hoy tiene una comunidad de estudiantes que se calcula en varios cientos de miles de lectores activos en lengua española, distribuidos entre España y América Latina. Traducido a más de veinte idiomas, se ha convertido en una de las obras espirituales más influyentes del siglo XX y uno de los textos contemporáneos más leídos dentro del cristianismo esotérico, el advaita occidentalizado y la no-dualidad moderna.

En su núcleo, el Curso es un libro sobre una sola cosa: la voluntad. No sobre el perdón, que es su aplicación; no sobre el amor, que es su horizonte; no sobre la percepción, que es su campo operativo. Sobre la voluntad, que es la facultad primaria desde la que todo lo demás se organiza. El propio texto lo formula sin ambages: «The power of decision is your one remaining freedom as a prisoner of this world» —«el poder de decisión es la única libertad que te queda como prisionero de este mundo» (T-12.VII.9:1)—. Todo el Curso es un manual para reeducar esa facultad: redirigirla, purificarla, alinearla con lo que él llama la Voluntad de Dios.

Y por eso el Curso fue, desde el primer día, un caso crítico para la lengua española. Porque su verbo nuclear —to will— no tiene equivalente en castellano, y porque la distinción que el Curso insiste en trazar a cada página entre will y wish se disuelve en la traducción antes de que el lector tenga siquiera ocasión de percibirla.

El momento fundacional: cuando el dictado distinguió to will de will

En el Urtext, antes de la redacción definitiva del Texto, aparece un pasaje autorreferencial que no sobrevivió a la edición publicada pero que constituye, probablemente, el episodio más revelador del dictado entero. Jesús lo narra así:

Scribes have a particular role in the Plan of Atonement, because they have the ability to experience revelations themselves, and also to put into words enough of the experience to serve as a basis for miracles. (This refers to experiences at the visionary level, after which HS wrote «If you will tell me what to do, I will to do it». She had not known that the word «to» was inserted, and had merely intended to write «I will do it». This recognition had a terrific impact on HS.) […] The miracle prayer IS what you wrote, i.e. «If you will tell me what to do, I will to do it». This prayer is the door that leads out of the desert forever.

Conviene detenerse en lo que ocurre aquí. Helen Schucman, escritora educada y anglohablante nativa, quiso escribir «I will do it» —«lo haré», un futuro simple corriente—. Pero algo se interpuso en su mano y escribió «I will to do it». Una preposición aparentemente insignificante convierte la frase en otra cosa: el will deja de funcionar como auxiliar de futuro y se convierte en verbo principal, el verbo to will en su forma pura. No dice ya «lo haré» sino «volunto hacerlo».

Helen no se percató del cambio hasta que Jesús se lo señaló. Y al percatarse —escribe él— the recognition had a terrific impact on her: el reconocimiento la sacudió profundamente. Porque Helen, que dominaba el inglés, supo instantáneamente lo que acababa de ocurrir: el dictado había corregido su escritura para obligarla a distinguir dos actos que el idioma cotidiano tiende a confundir.

Y acto seguido, Jesús certifica algo aún más grave. Lo que Helen acababa de escribir —esa frase con el «to» inesperado— es, dice él, la oración del milagro. «The miracle prayer IS what you wrote». Y esa oración, añade, es la puerta que saca del desierto para siempre.

El pasaje tiene varias consecuencias. La primera es filológica: demuestra que la distinción entre el will auxiliar y el to will volitivo no es un refinamiento introducido por los traductores, sino una distinción que el propio dictado establece de manera explícita, deliberada y corrigiendo activamente la mano de la escriba. La segunda es que esa distinción, según el testimonio del dictado mismo, no es un matiz estilístico: es la estructura gramatical de la oración que abre la puerta del milagro. La tercera, y la que aquí nos ocupa, es que ese to will central —el que Jesús introdujo contra la inercia del uso común— es exactamente el verbo que el castellano no tiene, y que esta propuesta llama voluntar.

La Versión Gongarola de Un curso de milagros traduce, por tanto, «If you will tell me what to do, I will to do it» como «Si me dices qué tengo que hacer, volunto hacerlo». No es una interpretación: es la restitución, en castellano, de la corrección que el propio dictado impuso sobre el inglés. Sin el verbo voluntar, la oración del milagro —tal como Jesús la identifica— no puede pronunciarse en nuestro idioma.

Una observación desde la trinchera

Las páginas que siguen no nacen de una lectura externa del Curso. Nacen de veinticinco años de trabajo sobre el texto original —el Urtext dictado a Helen Schucman entre 1965 y 1972—, en el curso de una segunda edición —crítica, anotada en castellano contemporáneo— que comprende aproximadamente cuatro mil páginas y más de diez mil notas, repartidas en seis volúmenes. Esta segunda edición es la que ha consolidado, tras veinticinco años de trabajo con el texto, el uso sistemático del verbo voluntar para traducir to will.

Tras veinticinco años haciendo esa traducción, la conclusión es técnica y no admite mucha discusión: el Curso, leído en inglés, opera con un verbo que el castellano no tiene. Y esa ausencia no es un matiz estilístico ni una pérdida menor de elegancia; es una avería central en la transmisión de la enseñanza al mundo hispanohablante. El estudiante español no recibe una versión ligeramente menos afinada del Curso: recibe una versión a la que le falta la herramienta mental con la que el texto pedía ser leído.

Los pasajes que se examinan a continuación proceden del Capítulo 21 del Texto, Razón y percepción, y en particular de su Sección IV, que el propio dictado titula The Power of Will. No es una elección caprichosa: el Capítulo 21 es el lugar del Texto donde el poder volitivo se nombra, se enseña y se pone en el centro de la práctica. Leído en inglés, es evidente. Leído en las traducciones disponibles, el estudiante intuye que ahí hay algo decisivo, pero el verbo que lo designaría no aparece.

La distinción que el Curso establece

Desde sus primeras secciones, el Curso introduce con gran énfasis una distinción terminológica que sostendrá todo su sistema: will y wish son dos actos distintos de la mente, con consecuencias opuestas.

Will designa el acto volitivo puro: una determinación eficaz, un movimiento de la mente en alineación con lo que es. Cuando el Curso dice que el Hijo de Dios wills con el Padre, no está describiendo un deseo, ni una preferencia, ni una inclinación. Está describiendo un acto de ser: el Hijo no quiere lo que el Padre quiere en el sentido en que alguien quiere un café en un menú; el Hijo volunta con el Padre en un único acto, porque son una misma voluntad.

Wish, en cambio, designa el deseo fragmentado: la inclinación del ego hacia objetos específicos, la búsqueda de lo que parece faltar, la demanda contra la realidad. En torno a wish el Curso despliega una familia de verbos menores —to want, to desire— que distingue entre sí con precisión doctrinal, pero que comparten con wish su condición común: son actos volitivos que operan desde la premisa de la carencia y, por esa razón, son estructuralmente incapaces de alcanzar lo que pretenden. No son actos malvados; son actos defectuosos. Cuando el Curso habla de wishes, se refiere siempre a ese tipo de operación: la voluntad fragmentada por el ego, apuntando a lo que cree necesitar, constitutivamente impotente para conseguirlo porque parte de una premisa falsa —que al sujeto le falta algo—.

Esta distinción es el eje operativo de toda la enseñanza. El Curso repite una y otra vez que la confusión entre will y wish es la raíz del sufrimiento, y que aprender a distinguirlos es una de las tareas centrales del estudiante.

En inglés, la distinción es léxica, clara e inmediata. Cualquier lector anglófono, aunque no sea culto, percibe la diferencia entre I will y I wish sin necesidad de que nadie se la explique. En español, la distinción desaparece desde la primera frase de la traducción, porque ambos verbos —to will y to wish— se traducen habitualmente como querer o desear, con variaciones casi arbitrarias según el traductor. El lector hispanohablante, en consecuencia, nunca llega a ver la distinción con la misma claridad. La oye repetidamente, pero la oye como un matiz estilístico, no como el eje conceptual que es.

Cuatro pasajes donde la pérdida se manifiesta

Todos los pasajes que siguen proceden del Capítulo 21 del Texto. Para cada uno se ofrece el original en inglés, la traducción habitual en castellano (la versión más difundida en la comunidad hispanohablante) y el comentario que muestra qué se pierde, y por qué el verbo voluntar recuperaría lo perdido.

1. Las cuatro líneas que son el corazón operativo del Curso

El pasaje está en T-21.IV.2:3-6, dentro de la sección The Power of Will. Son las cuatro líneas que el Curso propone como declaración del estudiante responsable.

Original:

I AM responsible for what I see. I CHOSE the feelings I experience, and I DECIDED ON the goal I would achieve. And everything that SEEMS to happen TO me, I ASKED FOR and received as I had asked.

Traducción habitual:

Soy responsable de lo que veo. Elijo los sentimientos que experimento, y decido el objetivo que quiero alcanzar. Y todo lo que parece sucederme yo mismo lo he pedido, y se me concede tal como lo pedí.

La traducción es sintácticamente correcta. Pero hay dos dimensiones del original que se desvanecen por completo en el trasvase.

La primera es la estructura temporal. El Urtext mantiene una arquitectura deliberada de tiempos verbales que la versión publicada, y con ella la traducción castellana habitual, suavizó llevándolo todo al presente. El Urtext dice: I AM (presente), pero I CHOSE, I DECIDED ON, I ASKED FOR (pasado). El único verbo que permanece en presente es el verbo ser; todos los actos volitivos están ya ejecutados. Y esta es la médula del pasaje: la responsabilidad actual del estudiante —lo que es— se funda en actos volitivos consumados cuyos efectos aparentes (lo que seems to happen) son el retorno de aquello que su propia voluntad puso en marcha. Las cuatro líneas no son una promesa de responsabilidad futura; son el reconocimiento de una operación volitiva ya realizada. Jesús no le dice al estudiante ejerce tu voluntad; le dice reconoce que ya la ejerciste, y observa lo que te está retornando.

Esta estructura temporal es inseparable del concepto de voluntar. Solo el acto volitivo puro tiene esa peculiar condición de aparecer siempre, desde dentro del tiempo, como ya consumado: lo voluntado es ya lo experimentado. El querer castellano no tiene esa estructura —uno puede querer algo que no se cumple nunca—; el voluntar, sí. Cuando la mente volunta, lo voluntado es instantáneamente lo real, y el único margen que resta es el reconocimiento retrospectivo del acto.

La segunda dimensión que se pierde es el marco hermenéutico del título. Estas cuatro líneas están colocadas por Jesús bajo el encabezamiento The Power of Will. El inglés will es aquí polisémico y deliberado: significa simultáneamente «voluntad», el verbo «voluntar» del que deriva, y el auxiliar de futuro que construye los verbos en tiempo venidero. Esa triple resonancia es el marco de lectura del pasaje. El lector anglófono percibe inmediatamente que las cuatro afirmaciones —I am, I chose, I decided, I asked for— son cuatro caras del mismo will que da nombre a la sección: el ser, el elegir, el decidir y el pedir son cuatro articulaciones del acto volitivo puro.

El lector hispanohablante lee las mismas cuatro líneas bajo un título que habitualmente se traduce como «El poder de decisión» o «El poder volitivo». La resonancia se pierde. El estudiante español puede memorizar las cuatro líneas, puede repetirlas, puede meditar sobre ellas; lo que no puede es reconocerlas como las cuatro caras de un único acto, porque el verbo que las unificaría —voluntar— no existe en su idioma. Cada una de las cuatro líneas le llega como una afirmación suelta: una responsabilidad (soy), una elección (elijo), una decisión (decido), una petición (he pedido). El hilo que las anuda en el original —el will del título— está ausente en la traducción.

Con el verbo voluntar incorporado, el título de la sección —El poder de voluntar— y el cuerpo del pasaje quedan anudados. Las cuatro líneas dejan de ser una declaración moral y se revelan como lo que realmente son: el reconocimiento, en cuatro tiempos, de un único acto volitivo ya consumado. Soy lo que volunté; los sentimientos que experimento son los que volunté; el objetivo que persigo es el que volunté; lo que parece ocurrirme es lo que volunté pedir. Las cuatro afirmaciones son un mismo hecho visto desde cuatro ángulos, y ese hecho es el acto volitivo puro —el to will— que el castellano solo puede nombrar si acepta incorporar el verbo que le falta.

2. El pasaje donde Jesús nombra la facultad directamente

En T-21.IV.4:8, Jesús formula con extraordinaria claridad lo que le pide al estudiante. Original:

But, for this, the POWER of your wanting must first be RECOGNIZED.

Traducción habitual:

Mas para que esto tenga lugar, debes primero reconocer el poder de tu deseo.

El caso es paradigmático porque el contraste entre el original y la traducción opera en tres niveles simultáneos.

Primero, el vocablo. Jesús no utiliza aquí el verbo técnico to will, sino un humilde wanting —el gerundio de to want, el querer cotidiano—. La elección es deliberada: está diciendo al estudiante que el acto volitivo que debe reconocer no es una capacidad sobrenatural ni una potencia espiritual, sino algo que él mismo ejerce constantemente, en cada instante de su vida ordinaria. La palabra es modesta precisamente porque la tesis es vertiginosa: el poder que aquí se declara constitutivo de toda experiencia es el mismo poder que el estudiante ejerce cuando decide qué cena pedir.

La traducción castellana escoge deseo. Y con esa elección, invierte el vector que Jesús había establecido. Donde el original rebaja el registro —wanting, el gerundio más llano que el inglés ofrece—, la traducción lo eleva a sustantivo abstracto con connotaciones freudianas, platónicas, románticas. El lector hispanohablante recibe una frase que suena a cita de manual de psicología profunda; el lector anglófono recibe una frase que suena a observación directa sobre lo que ya está haciendo en este momento. La enseñanza se desplaza desde el reconocimiento de una facultad operativa ordinaria hacia la contemplación de una entidad psicológica solemne.

Segundo, la distinción doctrinal. El Curso distingue sistemáticamente, a lo largo de toda la obra, entre want y desire. Desire es la inclinación fragmentada del ego hacia objetos específicos —lo que Jesús llama con frecuencia wishes—, un acto estructuralmente incapaz de alcanzar lo que persigue porque opera desde la premisa de la carencia. Want es el querer básico, todavía no dirigido al ego ni al Espíritu Santo, que es el material sobre el que trabaja toda la pedagogía del Curso. Al traducir wanting como deseo, la versión habitual confunde dos vocablos que el propio Curso se toma el trabajo de distinguir en centenares de pasajes. El estudiante hispanohablante queda así doblemente desorientado: recibe la palabra equivocada, y además la palabra que la traducción escoge es la que el Curso reserva para lo que hay que abandonar.

Tercero, la voz. El inglés dice must first be RECOGNIZED —voz pasiva, con la mayúscula enfática cargando sobre el participio—. El poder del wanting es el sujeto de la oración; el reconocimiento es algo que le ocurre a ese poder, no algo que el estudiante ejecuta. La traducción pasa la construcción a voz activa —«debes primero reconocer»— y con ese giro desplaza el protagonismo de la facultad al sujeto. En el original, Jesús describe un acontecimiento: el poder reclama ser reconocido. En la traducción, Jesús da una orden: tú debes reconocerlo. La diferencia es fenomenológica y doctrinalmente significativa: en el primer caso, el reconocimiento es la forma en que la facultad se manifiesta a sí misma; en el segundo, es una tarea que el yo añade a su lista.

Con el verbo voluntar disponible, la frase podría restituirse así:

Mas, para esto, el PODER de tu voluntar debe primero ser RECONOCIDO.

El registro vuelve al nivel que Jesús había elegido —voluntar, como wanting, es un gerundio funcional, no un sustantivo solemne—. La distinción entre want y desire se preserva, porque voluntar no es desear. Y la voz pasiva se conserva, devolviendo a la facultad su carácter de sujeto: lo que reclama reconocimiento es el poder del voluntar, no una obligación que el estudiante se impone.

3. El pasaje donde el juego resulta intraducible

Hacia el final del capítulo, en T-21.IX.13:6, Jesús formula una de las afirmaciones más densas de todo el Texto. Original:

Desire what you will, and you shall look on it, and think it real.

Traducción habitual:

Desea lo que quieres, y eso será lo que contemplarás y creerás que es real.

La frase inglesa es una pieza de orfebrería construida sobre el contraste entre dos verbos volitivos: desire y will. En inglés, desire designa el deseo —la inclinación del ánimo hacia un objeto—, mientras que will designa el acto volitivo —la determinación eficaz de la voluntad—. Toda la frase articula la jerarquía entre ambos actos: el deseo opera dentro del campo que la voluntad ha establecido. El lector anglófono oye inmediatamente que desire está subordinado a will: no puedes desear lo que quieras, solo puedes desear dentro del perímetro de lo que has voluntado. Y lo que contemplas como real es el producto de esa doble operación —primero voluntaste, luego deseaste dentro de lo voluntado, y lo que resulta de esa secuencia es lo que tu percepción te devuelve como mundo—.

La frase continúa con «you shall look on it, and think it real». Aquí el shall, en inglés bíblico y formal, no es un mero futuro: es un futuro con carga volitiva, casi imperativa —el shall de los mandamientos («Thou shalt not kill»), que declara lo que necesariamente ocurrirá por efecto de la voluntad previamente ejercida. Y el think it real cierra el arco: pensar no es aquí una operación intelectual neutra, sino el acto por el que la mente confiere realidad a lo que la voluntad ha establecido como perímetro de lo deseable.

La traducción castellana se ve forzada a disolver esta estructura. «Desea lo que quieres» es tautológico en español, porque desear y querer son prácticamente sinónimos: el lector hispanohablante no percibe jerarquía alguna entre los dos verbos, y la frase se reduce a una redundancia devocional. El shall volitivo se convierte en un futuro plano («será lo que contemplarás»). Y «creerás que es real» introduce un verbo —creer— que el original no usa, desplazando la cuestión desde la fuerza constitutiva del pensamiento hacia una vaga adhesión cognitiva.

Con el verbo voluntar disponible, la traducción recuperaría lo fundamental:

Desea lo que voluntas, y eso contemplarás y pensarás real.

La jerarquía se restablece: el deseo opera dentro del campo que el acto volitivo ha delimitado. Y la última cláusula conserva el pensarás como acto constitutivo, no como creencia. Ningún juego del lenguaje pasa entero de un idioma a otro —Wittgenstein lo advirtió—, pero puede pasar lo esencial. Y ahora mismo no pasa nada.

4. El pasaje donde la fe se revela como voluntad enfocada

En T-21.V.5:1-2, dentro de la sección Fe, creencia y visión, Jesús define la fe de una manera que solo cobra pleno sentido cuando se lee con el verbo voluntar incorporado.

Original:

It is impossible that the Son of God LACK faith. But he CAN choose where he would have it BE. Faithlessness is not a lack of FAITH, but faith in NOTHING.

Traducción habitual:

No es posible que al Hijo de Dios le falte fe, pero sí puede elegir dónde desea depositarla. La falta de fe no es realmente falta de fe, sino fe que se ha depositado en lo que no es nada.

El pasaje está construido sobre una cadena de mayúsculas enfáticas que Jesús distribuye deliberadamente —LACK, CAN, BE, FAITH, NOTHING— y que trazan, por sí solas, un argumento completo. La primera mayúscula cae sobre el verbo LACK: Jesús niega que el Hijo de Dios pueda carecer de fe, y lo hace con el énfasis puesto no en el Hijo sino en la imposibilidad misma de la carencia. La fe no es algo que se tenga o deje de tener; es constitutiva. La segunda mayúscula cae sobre CAN: lo único que el Hijo puede hacer es elegir. Y la tercera, sobre BE: elegir dónde ser —literalmente, dónde quiere que esté la fe, dónde quiere que repose—. El Hijo no produce la fe; la dirige.

Esta precisión —que el inglés transmite con naturalidad— se apoya en una premisa que el castellano no puede formular sin el verbo que nos falta: la fe es voluntad enfocada y sostenida en el tiempo. Cuando una mente volunta algo, lo sostiene, lo mantiene contra toda evidencia, lo construye como real por la fuerza misma de su insistencia volitiva: eso es la fe. Y como la voluntad —uno de los tres atributos del Ser, junto con el Conocimiento y el Amor— no puede apagarse, la fe tampoco. Solo puede cambiar de objeto. Puedes voluntar tu liberación o voluntar tu cautiverio; ambas operaciones son actos de fe, porque ambas son actos volitivos sostenidos.

La segunda oración del pasaje —«Faithlessness is not a lack of FAITH, but faith in NOTHING»— cierra el argumento con una precisión que en castellano se ha desleído. El original no dice que la falta de fe sea fe depositada en «lo que no es nada» (una perífrasis nominal que suaviza la contundencia original); dice literalmente que es fe en la nada. La distinción importa: la traducción habitual sugiere que el problema es un objeto defectuoso —un algo que resulta ser nada—, mientras que el original señala algo más radical, que es el propio acto de voluntar dirigido hacia la nada. El faithlessness no es un déficit; es una dirección de la voluntad.

La traducción habitual conserva la idea general pero borra dos elementos decisivos: la estructura enfática de las mayúsculas, que en el Urtext opera como verdadero aparato argumentativo, y la economía de la segunda frase, que en el original tiene el peso de una sentencia y en castellano se convierte en una explicación. Con el verbo voluntar disponible, el pasaje podría restituirse así:

Es imposible que el Hijo de Dios no VOLUNTE. Pero sí PUEDE elegir hacia DÓNDE volunta. Dejar de voluntar no es dejar de VOLUNTAR, sino voluntar la NADA.

Y entonces la enseñanza se recibe como lo que es: no una metáfora piadosa sobre la virtud de la fe, sino un análisis técnico del mecanismo por el cual la mente construye su mundo. El Hijo de Dios no tiene que adquirir fe —no puede—; tiene que redirigir la que ya está voluntando. Los estudiantes del Curso que se esfuerzan en «tener más fe» están haciendo exactamente lo que no deben: no necesitan más fe, necesitan reconocer que la que ya tienen depositada en las cadenas que los sujetan es la única que tendrán nunca. Solo que está apuntando al lugar equivocado.

Los cuatro pasajes, leídos juntos, no son cuatro ejemplos intercambiables de una misma pérdida: son las cuatro articulaciones de una única doctrina del acto volitivo que el castellano, sin el verbo voluntar, no puede formular en su integridad.

Lo que esto le hace al estudiante hispanohablante

Las consecuencias prácticas de esta carencia, para el estudiante que lee el Curso en español, son concretas y continuas. No es un problema académico; es un problema que el estudiante experimenta en su práctica diaria, sin poder nombrarlo.

El Curso le pide, por ejemplo, perdonar a un hermano. La instrucción, en el capítulo que hemos examinado, es inequívoca: volunta verlo libre de lo que hiciste de él. En castellano, la traducción se convierte en «quiere verlo libre de lo que hiciste de él». El estudiante lee la instrucción y, con total buena voluntad, intenta querer verlo así. Y descubre, inmediatamente, que su querer no logra lo que la instrucción promete. Unos días después, siente que el Curso le ha fallado, o que él mismo ha fallado al aplicarlo. Pero el problema no está en ninguno de los dos: está en que la traducción le ha dado un verbo que no puede ejecutar lo que el original pedía.

Este mecanismo se repite centenares de veces a lo largo de la lectura del Curso. El lector hispanohablante intenta aplicar las instrucciones del texto con el único verbo que le ofrece la traducción —querer—, y cada vez que lo intenta experimenta la frustración característica de ese verbo: «quiero pero no puedo». Entonces entra en un ciclo de esfuerzo y culpa: quiere más fuerte, quiere con más ganas, quiere con más empeño. Y nada cambia, porque el acto que el Curso le pedía no era querer, sino voluntar.

La diferencia entre ambos verbos es, para el estudiante, la diferencia entre la espiritualidad como lucha y la espiritualidad como acto. Mientras uno intenta querer el perdón, el perdón se le escapa; cuando uno descubre que lo que el Curso pedía era voluntar el perdón, el perdón se da.

Muchos estudiantes hispanohablantes del Curso llegan a esta distinción por su cuenta, después de años de práctica. La intuyen en su experiencia, la sienten en su cuerpo, saben de qué están hablando cuando alguien les dice que hay una diferencia entre querer algo y decidirlo desde lo más profundo. Pero la intuyen sin tener el verbo para nombrarla. Y sin el verbo, la distinción no puede enseñarse con claridad a los que vienen detrás: cada estudiante tiene que descubrirla por sí mismo, otra vez, y perderá años en ese descubrimiento.

Por qué el Curso hace la propuesta inaplazable

Las tres tradiciones examinadas en las páginas anteriores —la mística hispana, la filosofía y la teología, la psicología profunda— sufren la carencia del verbo voluntar en el castellano. Pero lo sufren, en cierto modo, como un problema histórico o académico: afecta a traducciones de autores ya canónicos, a la transmisión de doctrinas asentadas, a la clínica de un número relativamente reducido de profesionales.

El caso del Curso es distinto por dos razones.

Primera, porque su audiencia es masiva y está viva. No hablamos de unos miles de estudiosos que leen a Teresa o a Nietzsche, sino de cientos de miles de lectores hispanohablantes que están hoy, ahora, aplicando diariamente unas lecciones que presuponen un verbo que no existe en su idioma. Cada día, miles de personas se encuentran con este problema sin poder nombrarlo.

Segunda, porque el Curso no admite la solución que los académicos han dado a los otros casos. Cuando un filólogo traduce a Nietzsche, puede poner una nota al pie explicando los matices de wollen, y el lector culto entiende. Cuando un teólogo escribe sobre la voluntas divina, puede recurrir a latinismos técnicos, y el lector teológicamente formado los maneja. Pero el Curso es un texto de aplicación diaria, no de estudio. No admite nota al pie. El estudiante no lo lee con diccionarios; lo lee para transformarse. Y si el verbo nuclear de su práctica diaria es defectuoso, la práctica se degrada.

Esto hace del Curso, paradójicamente, la ocasión más contemporánea y más urgente de la propuesta. Porque mientras la filosofía, la teología y la psicología pueden esperar —llevan siglos esperando—, el estudiante del Curso no puede esperar: está ahora, con el libro en las manos, intentando entender una enseñanza que el idioma le vela. La incorporación del verbo voluntar al castellano no le resolvería todos sus problemas, pero le devolvería el acceso a la distinción operativa más importante de la obra que está leyendo.

Y les devolvería a los traductores del Curso, tanto a los que ya han trabajado como a los que vendrán, la posibilidad de traducir con fidelidad lo que hoy solo pueden traducir con aproximaciones.

La comunidad que puede activar el reconocimiento

Al final de cada subpágina de esta web se ha mencionado que las palabras no entran en el diccionario por decreto, sino por uso. La Academia atiende a los hablantes; incorpora lo que la comunidad lingüística ya emplea. Y aquí es donde la comunidad hispanohablante del Curso —la más numerosa de todas las tradiciones que necesitan el verbo— puede desempeñar un papel decisivo.

Cientos de miles de estudiantes que incorporen voluntar a su vocabulario cotidiano, a sus textos, a sus enseñanzas, a sus grupos de estudio, a sus blogs, a sus vídeos, a sus libros de divulgación, son una masa lingüística crítica que ninguna otra tradición filosófica en español puede movilizar en este momento. Si esa comunidad adopta el verbo, el verbo echará raíces. Y cuando la Real Academia examine el uso real del castellano contemporáneo, se encontrará con voluntar apareciendo en miles de contextos, con naturalidad, con frecuencia, con sentido propio.

No se trata de utilizar el Curso como palanca de presión institucional. Se trata de reconocer que la comunidad de lectores del Curso es hoy la más viva, la más numerosa y la más directamente interesada en la distinción que este verbo designa. Poner el verbo en uso entre esa comunidad es, al mismo tiempo, servir al propio Curso —que así se lee mejor— y servir al idioma —que así recupera una pieza largamente ausente—.

Los cuatro ángulos, juntos

Con esta página se cierra el recorrido de los cuatro ángulos desde los que se sostiene la propuesta.

Un vacío léxico muestra que el español tiene la raíz, el patrón derivativo y los precedentes análogos para generar el verbo, pero dejó la casilla vacía por saturación de querer.

La tradición mística hispana muestra que Teresa, Juan de la Cruz y Molinos necesitaron desesperadamente el verbo y tuvieron que suplirlo con circunloquios que distorsionaron la recepción de sus textos durante cuatro siglos.

Filosofía, teología y psicología muestra que tres disciplinas mayores del pensamiento occidental —y la clínica psicoterapéutica contemporánea, con Otto Rank como caso ejemplar— pierden precisión o introducen distorsiones cuando sus conceptos nucleares se traducen al castellano sin el verbo.

Un curso de milagros muestra que esa carencia, hoy, afecta a una comunidad viva de cientos de miles de lectores que intentan aplicar una enseñanza cuyo verbo central no está en su idioma.

Cada ángulo se sostiene por sí mismo. Juntos, dibujan la imagen de un idioma que, sin saberlo, lleva siglos pidiendo este verbo. Y dibujan también la imagen de una oportunidad histórica concreta: la de una comunidad lingüística contemporánea lo bastante grande, lo bastante viva y lo bastante motivada como para activar, con su uso, el reconocimiento formal de lo que el idioma siempre tuvo al alcance.

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Nota sobre las citas

Los pasajes de Un curso de milagros reproducidos en esta página proceden, en su versión inglesa, del Urtext dictado a Helen Schucman entre 1965 y 1972, de donde se han tomado sin modificación alguna. Las versiones en castellano contrastivas corresponden a la traducción de referencia más difundida hoy en el mundo hispanohablante: la edición de la Foundation for Inner Peace, en versión castellana de Rosa María Wynn y colaboradores. El capítulo de donde proceden los cuatro pasajes —Capítulo 21, Razón y percepción— forma parte del tercer volumen de mi segunda edición crítica anotada del Urtext, en preparación.