Un curso de milagros
Una obra escrita sobre la voluntad, traducida a una lengua que carece del verbo nuclear de su enseñanza.
Un curso de milagros fue dictado en inglés entre 1965 y 1972 a la psicóloga Helen Schucman, publicado por primera vez en 1976, y hoy tiene una comunidad de estudiantes que se calcula en varios cientos de miles de lectores activos en lengua española, distribuidos entre España y América Latina. Traducido a más de veinte idiomas, se ha convertido en una de las obras espirituales más influyentes del siglo XX y uno de los textos contemporáneos más leídos dentro del cristianismo esotérico, el advaita occidentalizado y la no-dualidad moderna.
En su núcleo, el Curso es un libro sobre una sola cosa: la voluntad. No sobre el perdón, que es su aplicación; no sobre el amor, que es su horizonte; no sobre la percepción, que es su campo operativo. Sobre la voluntad, que es la facultad primaria desde la que todo lo demás se organiza. El propio texto lo formula así: «The power of decision is your one remaining freedom as a prisoner of this world» —en la versión española habitual, «el poder de decisión es la única libertad que te queda como prisionero de este mundo»—. Todo el Curso es un manual para reeducar esa facultad: redirigirla, purificarla, alinearla con lo que él llama la Voluntad de Dios.
Y por eso el Curso fue, desde el primer día, un caso crítico para la lengua española. Porque su verbo nuclear —to will— no tiene equivalente en castellano, y porque la distinción que el Curso insiste en trazar a cada página entre will y wish se disuelve en la traducción antes de que el lector tenga siquiera ocasión de percibirla.
La distinción que el Curso establece
Desde sus primeras secciones, el Curso introduce con gran énfasis una distinción terminológica que sostendrá todo su sistema: will y wish son dos actos distintos de la mente, con consecuencias opuestas.
Will designa el acto volitivo puro: una determinación eficaz, un movimiento de la mente en alineación con lo que es. Cuando el Curso dice que el Hijo de Dios wills con el Padre, no está describiendo un deseo, ni una preferencia, ni una inclinación. Está describiendo un acto de ser: el Hijo no quiere lo que el Padre quiere en el sentido en que alguien quiere un café en un menú; el Hijo volunta con el Padre en un único acto, porque son una misma voluntad.
Wish, en cambio, designa el deseo fragmentado: la inclinación del ego hacia objetos específicos, la búsqueda de lo que parece faltar, la demanda contra la realidad. Cuando el Curso habla de wishes, se refiere siempre a actos defectuosos: no a actos malvados, sino a actos estructuralmente incapaces de alcanzar lo que pretenden, porque operan desde una premisa falsa —que al sujeto le falta algo—.
Esta distinción es el eje operativo de toda la enseñanza. El Curso repite una y otra vez que la confusión entre will y wish es la raíz del sufrimiento, y que aprender a distinguirlos es una de las tareas centrales del estudiante. Cada lección del Libro de ejercicios trabaja, en última instancia, esa distinción.
En inglés, la distinción es léxica, clara e inmediata. Cualquier lector anglófono, aunque no sea culto, percibe la diferencia entre I will y I wish sin necesidad de que nadie se la explique. En español, la distinción desaparece desde la primera frase de la traducción, porque ambos verbos —to will y to wish— se traducen habitualmente como querer o desear, con variaciones casi arbitrarias según el traductor. El lector hispanohablante, en consecuencia, nunca llega a ver la distinción con la misma claridad. La oye repetidamente, pero la oye como un matiz estilístico, no como el eje conceptual que es.
Cuatro pasajes donde la pérdida se siente
Veamos cuatro casos concretos, extraídos del cuerpo del Curso, donde la traducción al castellano de to will por querer introduce una pérdida que afecta al significado operativo del pasaje.
Primer pasaje. En inglés: «My will and my Father's are one.»
Este es probablemente uno de los versículos más citados del Curso, y aparece en diversas formulaciones a lo largo de la obra. Su traducción habitual en castellano es «Mi voluntad y la de mi Padre son una». La traducción es nominalmente correcta —will como sustantivo se traduce voluntad—, pero algo se ha perdido por el camino. En inglés, will no es solo un sustantivo: arrastra toda la carga del verbo to will, del que deriva. Cuando el estudiante anglófono lee esta frase, oye simultáneamente dos cosas: que su voluntad es una con la del Padre, y que el acto mismo de voluntar —su willing— es uno con el willing divino. La frase no describe un estado sino una actividad compartida: yo volunto con el Padre, y en ese voluntar compartido somos uno.
La traducción española conserva la primera dimensión pero pierde la segunda. «Mi voluntad y la del Padre son una» suena a afirmación estática, casi a una proposición teológica sobre naturalezas. Lo que en inglés era un acto vivo se convierte en español en una descripción abstracta.
Segundo pasaje. El Curso emplea, con frecuencia, la exhortación «Will it so» —dirigida al estudiante, pidiéndole que ejecute un acto volitivo específico—. La traducción habitual es «Quiere que sea así» o «Desea que sea así». Aquí la pérdida es flagrante. «Will it so» es un imperativo volitivo: te pide que voluntes algo, que lo determines con tu voluntad activa, que lo constituyas como real mediante tu acto. «Quiere que sea así» rebaja drásticamente el imperativo: ahora parece que te piden simplemente que desees que algo ocurra, lo cual es exactamente el tipo de acto menor del que el Curso quiere sacarte. La exhortación pierde toda su fuerza ejecutiva y se convierte en un pio deseo.
Tercer pasaje. En el capítulo sobre la decisión, el Curso afirma: «You have no idea of the tremendous release and deep peace that comes from meeting yourself and your brothers totally without judgment. To will as God wills is, then, to recognize yourself and your brothers free from what you made of them.» La clave está en la construcción to will as God wills. Cualquier lector anglófono entiende inmediatamente lo que se le pide: un acto, no un estado. Se le pide que ejecute el voluntar —el suyo— en alineación con el voluntar de Dios, de modo que ambos voluntares formen un solo acto.
La traducción castellana habitual recurre a algo como «querer como Dios quiere». Pero esto introduce una ambigüedad fatal. «Querer como Dios quiere» puede significar: «querer las mismas cosas que Dios quiere» —lo cual sería un alineamiento meramente objetivo de preferencias—; o «querer del modo en que Dios quiere» —lo cual sería algo distinto: una imitación del estilo volitivo divino—; o, lo que el Curso realmente pide, «ejecutar tu acto volitivo en el mismo acto volitivo de Dios», es decir, voluntar con Dios. Solo la tercera interpretación es fiel al original. Pero el lector hispanohablante no dispone del verbo que se la ofrecería en forma limpia, y termina oscilando entre las dos primeras —que son más fáciles de concebir pero teológicamente incorrectas—.
Cuarto pasaje. El Libro de ejercicios incluye la lección «My will and God's are one», cuya propia numeración y posición en el corpus la señalan como una afirmación nuclear. En castellano se traduce como «Mi voluntad y la de Dios son una». Pero el Curso, al proponerla como lección, no quiere que el estudiante se limite a asentir a una proposición: quiere que el estudiante ejecute, durante el día, actos volitivos concretos que vayan estableciendo esa unidad. La lección es una práctica, no una creencia. Y la práctica consiste en que, a lo largo del día, cada vez que el estudiante se enfrente a una decisión, a un juicio, a una reacción, se pregunte: ¿estoy voluntando con Dios, o estoy queriendo aparte? El verbo voluntar sería, literalmente, la herramienta mental con la que el estudiante ejecutaría la lección. Sin ese verbo, la lección se convierte en un mantra repetitivo —«mi voluntad y la de Dios son una»— que puede recitarse sin operar.
Lo que esto le hace al estudiante hispanohablante
Las consecuencias prácticas de esta carencia, para el estudiante que lee el Curso en español, son concretas y continuas. No es un problema académico; es un problema que el estudiante experimenta en su práctica diaria, sin poder nombrarlo.
El Curso le pide, por ejemplo, perdonar a un hermano. En inglés, la instrucción habitual es «Will to see him as free of what you made of him»: volunta verlo libre de lo que hiciste de él. Es una instrucción operativa, un acto que el estudiante puede ejecutar. En castellano, la traducción se convierte en «Quiere verlo libre de lo que hiciste de él». El estudiante lee la instrucción y, con total buena voluntad, intenta querer verlo así. Y descubre, inmediatamente, que su querer no logra lo que la instrucción promete. Unos días después, siente que el Curso le ha fallado, o que él mismo ha fallado al aplicarlo. Pero el problema no está en ninguno de los dos: está en que la traducción le ha dado un verbo que no puede ejecutar lo que el original pedía.
Este mecanismo se repite centenares de veces a lo largo de la lectura del Curso. El lector hispanohablante intenta aplicar las instrucciones del texto con el único verbo que le ofrece la traducción —querer—, y cada vez que lo intenta experimenta la frustración característica de ese verbo: «quiero pero no puedo». Entonces entra en un ciclo de esfuerzo y culpa: quiere más fuerte, quiere con más ganas, quiere con más empeño. Y nada cambia, porque el acto que el Curso le pedía no era querer, sino voluntar.
La diferencia entre ambos verbos es, para el estudiante, la diferencia entre la espiritualidad como lucha y la espiritualidad como acto. Mientras uno intenta querer el perdón, el perdón se le escapa; cuando uno descubre que lo que el Curso pedía era voluntar el perdón, el perdón se da.
Muchos estudiantes hispanohablantes del Curso llegan a esta distinción por su cuenta, después de años de práctica. La intuyen en su experiencia, la sienten en su cuerpo, saben de qué están hablando cuando alguien les dice que hay una diferencia entre querer algo y decidirlo desde lo más profundo. Pero la intuyen sin tener el verbo para nombrarla. Y sin el verbo, la distinción no puede enseñarse con claridad a los que vienen detrás: cada estudiante tiene que descubrirla por sí mismo, otra vez, y perderá años en ese descubrimiento.
Por qué el Curso hace la propuesta inaplazable
Las tres tradiciones examinadas en las páginas anteriores —la mística hispana, la filosofía y la teología, la psicología profunda— sufren la carencia del verbo voluntar en el castellano. Pero lo sufren, en cierto modo, como un problema histórico o académico: afecta a traducciones de autores ya canónicos, a la transmisión de doctrinas asentadas, a la clínica de un número relativamente reducido de profesionales.
El caso del Curso es distinto por dos razones.
Primera, porque su audiencia es masiva y está viva. No hablamos de unos miles de estudiosos que leen a Teresa o a Nietzsche, sino de cientos de miles de lectores hispanohablantes que están hoy, ahora, aplicando diariamente unas lecciones que presuponen un verbo que no existe en su idioma. Cada día, miles de personas se encuentran con este problema sin poder nombrarlo.
Segunda, porque el Curso no admite la solución que los académicos han dado a los otros casos. Cuando un filólogo traduce a Nietzsche, puede poner una nota al pie explicando los matices de wollen, y el lector culto entiende. Cuando un teólogo escribe sobre la voluntas divina, puede recurrir a latinismos técnicos, y el lector teológicamente formado los maneja. Pero el Curso es un texto de aplicación diaria, no de estudio. No admite nota al pie. El estudiante no lo lee con diccionarios; lo lee para transformarse. Y si el verbo nuclear de su práctica diaria es defectuoso, la práctica se degrada.
Esto hace del Curso, paradójicamente, la ocasión más contemporánea y más urgente de la propuesta. Porque mientras la filosofía, la teología y la psicología pueden esperar —llevan siglos esperando—, el estudiante del Curso no puede esperar: está ahora, con el libro en las manos, intentando entender una enseñanza que el idioma le vela. La incorporación del verbo voluntar al castellano no le resolvería todos sus problemas, pero le devolvería el acceso a la distinción operativa más importante de la obra que está leyendo.
Y les devolvería a los traductores del Curso, tanto a los que ya han trabajado como a los que vendrán, la posibilidad de traducir con fidelidad lo que hoy solo pueden traducir con aproximaciones.
La comunidad que puede activar el reconocimiento
Al final de cada subpágina de esta web se ha mencionado que las palabras no entran en el diccionario por decreto, sino por uso. La Academia atiende a los hablantes; incorpora lo que la comunidad lingüística ya emplea. Y aquí es donde la comunidad hispanohablante del Curso —la más numerosa de todas las tradiciones que necesitan el verbo— puede desempeñar un papel decisivo.
Cientos de miles de estudiantes que incorporen voluntar a su vocabulario cotidiano, a sus textos, a sus enseñanzas, a sus grupos de estudio, a sus blogs, a sus vídeos, a sus libros de divulgación, son una masa lingüística crítica que ninguna otra tradición filosófica en español puede movilizar en este momento. Si esa comunidad adopta el verbo, el verbo echará raíces. Y cuando la Real Academia examine el uso real del castellano contemporáneo, se encontrará con voluntar apareciendo en miles de contextos, con naturalidad, con frecuencia, con sentido propio.
No se trata de utilizar el Curso como palanca de presión institucional. Se trata de reconocer que la comunidad de lectores del Curso es hoy la más viva, la más numerosa y la más directamente interesada en la distinción que este verbo designa. Poner el verbo en uso entre esa comunidad es, al mismo tiempo, servir al propio Curso —que así se lee mejor— y servir al idioma —que así recupera una pieza largamente ausente—.
Los cuatro ángulos, juntos
Con esta página se cierra el recorrido de los cuatro ángulos desde los que se sostiene la propuesta.
Un vacío léxico muestra que el español tiene la raíz, el patrón derivativo y los precedentes análogos para generar el verbo, pero dejó la casilla vacía por saturación de querer.
La tradición mística hispana muestra que Teresa, Juan de la Cruz y Molinos necesitaron desesperadamente el verbo y tuvieron que suplirlo con circunloquios que distorsionaron la recepción de sus textos durante cuatro siglos.
Filosofía, teología y psicología muestra que tres disciplinas mayores del pensamiento occidental —y la clínica psicoterapéutica contemporánea, con Otto Rank como caso ejemplar— pierden precisión o introducen distorsiones cuando sus conceptos nucleares se traducen al castellano sin el verbo.
Un curso de milagros muestra que esa carencia, hoy, afecta a una comunidad viva de cientos de miles de lectores que intentan aplicar una enseñanza cuyo verbo central no está en su idioma.
Cada ángulo se sostiene por sí mismo. Juntos, dibujan la imagen de un idioma que, sin saberlo, lleva siglos pidiendo este verbo. Y dibujan también la imagen de una oportunidad histórica concreta: la de una comunidad lingüística contemporánea lo bastante grande, lo bastante viva y lo bastante motivada como para activar, con su uso, el reconocimiento formal de lo que el idioma siempre tuvo al alcance.
Si la propuesta te convence, firma el manifiesto.
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