Un verbo que no existe
El español dispone de voluntad. Dispone del adjetivo voluntario. Del adverbio voluntariamente. Tiene voluntariado, voluntarismo, voluntarioso. Tiene, en realidad, casi toda la familia léxica que giraría en torno al concepto central de la facultad volitiva humana. Pero le falta el verbo.
No existe en español una forma verbal que designe el acto de ejercer la voluntad en sentido pleno. Si queremos decir lo que el inglés dice con to will o el alemán con wollen en sus usos filosóficos y técnicos, tenemos que recurrir a querer o a desear, dos verbos que no significan lo mismo. O a circunloquios —«hacer la voluntad de», «ejercer su voluntad», «entregar el propio querer»— que dicen lo que un solo verbo diría mejor.
Esta web propone que ese verbo, que el español ha necesitado durante siglos sin saberlo, sea formalmente reconocido: voluntar.
Una casilla vacía en un paradigma completo
La propuesta no es un capricho neológico. El propio sistema morfológico del español la predice con exactitud.
Los sustantivos en -tad y -dad generan verbos con regularidad: libertad → libertar, facilidad → facilitar, necesidad → necesitar, capacidad → capacitar, habilidad → habilitar. El patrón es productivo y el hablante lo reconoce sin esfuerzo. La raíz volunt- ya existe y es la base de toda una familia léxica. Lo único que falta es añadirle la desinencia verbal -ar, que el español aplica con absoluta regularidad.
Voluntar, pues, no es una palabra que haya que inventar. Es una casilla vacía en un paradigma que el hablante puede llenar sin esfuerzo. Su conjugación es enteramente regular: yo volunto, tú voluntas, él volunta, nosotros voluntamos, vosotros voluntáis, ellos voluntan. Pretérito: volunté. Subjuntivo: que yo volunte. Gerundio: voluntando.
Ningún hablante nativo encontraría la menor dificultad en producir o comprender estas formas. La palabra suena a español, porque lo es. Solo le faltaba permiso.
Voluntar no es querer ni desear
La distinción es sutil pero decisiva.
Querer expresa deseo, inclinación o preferencia, y admite la posibilidad de frustración: «quiero pero no puedo» es una frase completa en español. Desear añade una dimensión de anhelo, de distancia entre el sujeto y lo deseado.
Voluntar, en cambio, expresaría la determinación eficaz de la voluntad: el acto por el cual el sujeto no solo inclina su ánimo hacia algo, sino que lo determina, lo pone en marcha con la totalidad de su facultad volitiva. Voluntar es a querer lo que afirmar es a opinar: una intensificación cualitativa, no meramente cuantitativa.
La diferencia puede verse con un ejemplo. Decirse a uno mismo «quiero dejar de fumar» es una formulación que admite, en su propia estructura, la sombra del fracaso: el querer admite no poder. Decirse «volunto dejar de fumar» describe un acto distinto: no es un deseo, es una decisión consumada. Cualquier terapeuta, cualquier educador, cualquier persona que haya intentado seriamente cambiar algo en sí misma, reconocerá en qué difieren ambos verbos, aunque hasta ahora no hubiera dispuesto de palabras para nombrar la diferencia.
Esta es la carencia que voluntar viene a cubrir. No una elegancia léxica. Una herramienta que hace posible pensar con precisión lo que sin ella se piensa con vaguedad.
El español en el contexto de otras lenguas
Ninguna lengua moderna marca con plena claridad la distinción entre el querer caprichoso y el acto volitivo puro. Pero unas la marcan mejor que otras, y el español se encuentra en el extremo menos favorable del espectro.
El inglés dispone de to will: un verbo técnico distinto de to want, que aparece en contextos filosóficos, religiosos y jurídicos («the will to power», «thy will be done», «to will and testament»). Su riqueza semántica se apoya en el hecho de que will funciona a la vez como verbo pleno, como sustantivo y como auxiliar de futuro, encadenando voluntad y porvenir en una sola palabra.
El alemán conserva wollen con relación morfológica directa al sustantivo Wille. En uso cotidiano, wollen funciona como nuestro «querer» («ich will ein Eis», «quiero un helado»), pero la tradición filosófica alemana —Schopenhauer, Nietzsche, Schelling, Heidegger— ha cargado ese verbo con un sentido técnico pleno que el español no puede replicar.
Las lenguas románicas comparten con el español un problema común. El latín velle, del que derivan el francés vouloir, el italiano volere y el catalán voler, era ya un verbo polisémico ordinario que cubría desde la petición corriente hasta la decisión firme. Sus herederos modernos son igualmente ambiguos: vouloir en francés y volere en italiano se usan tanto para «quiero un café» como para formulaciones filosóficas, sin que el verbo distinga entre ambas.
El español y el portugués ocupan el extremo del problema. A diferencia del francés y el italiano, perdieron el verbo heredado de velle y lo sustituyeron por querer (del latín quaerere, «buscar») y desear (del latín desiderare, «añorar, sentir la falta»). Ambos verbos llevan inscrita en su etimología la marca de la carencia: cada vez que decimos quiero algo estamos diciendo, literalmente, busco algo que me falta. Además, se rompió la relación morfológica con voluntad: en castellano, el sustantivo y el verbo que más se le acerca ya no son de la misma familia léxica. La familia de voluntad quedó privada de su verbo.
Este es el problema concreto que voluntar viene a resolver. No se trata de importar un verbo que otras lenguas tengan y el español no: se trata de proponer una distinción léxica que ninguna lengua moderna tiene claramente marcada, y que sería especialmente útil para el español, donde la carencia es más aguda. Una vez introducida, podría extenderse a otras lenguas románicas hermanas con sus propias formas derivadas.
Las consecuencias prácticas son inmediatas. Cuando un traductor español se encuentra ante un texto filosófico o teológico que emplea to will o wollen en sentido técnico, se ve forzado a elegir entre traducciones que pierden matices esenciales. Decir «Dios quiere» y decir «Dios volunta» no es lo mismo: la primera admite frustración en su propia estructura, porque querer y no conseguir son compatibles en castellano; la segunda describe un acto consumado. Matices teológicos de largo alcance quedan dirimidos en esa diferencia de un verbo.
Los místicos que no tuvieron este verbo
La necesidad es muy antigua. La mística española del Siglo de Oro —Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Miguel de Molinos— habla constantemente del acto de entregar, ejercer y alinear la voluntad con Dios. Y lo hace, invariablemente, recurriendo a perífrasis: «hacer la voluntad de Dios», «rendir la voluntad», «querer con todo el alma», «entregar el propio querer». Cada una de estas formulaciones intenta decir algo que un solo verbo diría mejor.
Teresa, en Las Moradas, habla de almas que «quieren perfectamente» —y en la propia aclaración se ve que está luchando contra la insuficiencia del verbo—. Juan de la Cruz describe el proceso de purificación como una transformación de la voluntad, y lo describe siempre indirectamente, porque no tiene el verbo. Molinos, en su Guía espiritual, necesita hablar de un acto volitivo puro que no es deseo, y se ve forzado a negaciones sucesivas: no es esto, no es aquello.
Tres siglos y medio después, esta carencia sigue intacta. Quienes leen hoy a los místicos españoles en su propia lengua reciben un pensamiento que fue escrito con circunloquios porque el idioma no disponía —no dispone— del verbo que esos textos pedían.
Filosofía, teología y el acto volitivo puro
En la tradición filosófica occidental, la voluntad como acto —no como facultad abstracta— es uno de los conceptos centrales. De Agustín a Schopenhauer, de Nietzsche a los existencialistas, la filosofía ha necesitado hablar del acto volitivo puro con un verbo que el español no tiene.
Nietzsche no habla de un «querer el poder» ni de un «deseo de poder»: su Wille zur Macht designa una fuerza volitiva activa, determinante, creadora. El alemán permite a Nietzsche usar esta expresión en una red léxica donde Wille (sustantivo), wollen (verbo) y willentlich (adverbio) comparten raíz y se remiten unos a otros. El español puede traducir «voluntad de poder», pero no puede replicar esa red: voluntad no tiene verbo propio, y el verbo que más se le acerca, querer, ni comparte raíz ni alcanza el registro filosófico que Nietzsche necesita.
En la tradición teológica cristiana, la distinción es aún más crítica. Cuando la teología afirma que Dios wills la creación, no dice que la desee (el deseo implica carencia) ni que la quiera (el querer admite frustración). Dice que la determina de forma absoluta, soberana y eficaz. Traducir «Dios quiere» o «Dios desea» no solo es impreciso: introduce connotaciones teológicamente erróneas. «Dios volunta» resuelve el problema de raíz.
Toda lengua que aspire a sostener una reflexión filosófica y teológica de primer nivel necesita este verbo. El español lo ha necesitado durante siglos, y ha tenido que suplirlo con aproximaciones imperfectas.
Lo que no se nombra no se piensa
Hay un principio bien establecido en la lingüística y la filosofía del lenguaje que conviene recordar aquí: la lengua no es solo un vehículo del pensamiento, sino una de las estructuras que lo configuran. No solo nombramos lo que pensamos: pensamos, con mayor facilidad y precisión, aquello para lo que disponemos de nombres.
Cuando una lengua carece de una palabra para designar una experiencia real, esa experiencia no desaparece, pero se vuelve más difícil de identificar, de comunicar y, sobre todo, de ejercer. Esto es exactamente lo que ocurre con el acto de voluntar en español. El hispanohablante tiene la facultad volitiva intacta —es un ser humano como cualquier otro—, pero carece de la herramienta léxica que le permita distinguir con claridad entre desear algo, quererlo y determinarlo mediante un acto de voluntad pura. Al no disponer del verbo, la experiencia queda subsumida en querer, que la diluye al mezclarla con acepciones de menor intensidad volitiva.
Wittgenstein lo formuló con la brevedad que caracteriza sus mejores frases: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. La observación, tantas veces citada, tiene aquí una aplicación concreta y verificable. La introducción de voluntar al español no añadiría simplemente una palabra al diccionario: pondría a disposición de quinientos millones de hispanohablantes una distinción conceptual que hasta ahora les estaba lingüísticamente vedada.
Cuando un concepto encuentra su palabra, deja de ser una intuición vaga y se convierte en una herramienta disponible. Una comunidad lingüística que dispone de esa herramienta es, en un sentido preciso y no metafórico, una comunidad más dueña de sí misma.
Un curso de milagros y la urgencia contemporánea
Lo que en la mística del Siglo de Oro fue una carencia silenciosa, en la espiritualidad contemporánea ha vuelto a hacerse urgente con la llegada a la lengua española de una obra central: Un curso de milagros.
El Curso —probablemente uno de los textos de espiritualidad contemporánea más leídos en lengua española, con una comunidad de estudiantes que se cuenta en cientos de miles— es, en su fondo, una enseñanza sobre la voluntad. Si hubiera que resumir toda su doctrina en una sola palabra, esa palabra sería voluntad. Su autor repite constantemente que se trata de un manual de entrenamiento mental, y lo que se entrena es la voluntad: redirigirla desde el ego hacia Dios, desde el deseo hacia la Voluntad.
Pero el Curso fue escrito en inglés, y el inglés dispone de to will. Cuando el lector hispanohablante se encuentra con ese verbo traducido sistemáticamente por querer, toda la distinción entre will y wish —una de las más importantes de la enseñanza— se le diluye antes siquiera de poder captarla. La traducción no pierde un matiz: pierde un eje operativo de la obra.
Esto tiene consecuencias prácticas inmediatas en la vida del estudiante. Le pide voluntar algo y él intenta quererlo. Le pide perdonar y él desea perdonar. La diferencia entre una operación y otra es la diferencia entre ejecutar una decisión y esperar un resultado, y esa es, exactamente, la diferencia entre el cambio y la parálisis.
Esta comunidad de lectores —junto con la comunidad académica que estudia a los místicos hispanos, los traductores filosóficos y teológicos, los terapeutas y los educadores— tiene hoy más motivos que nunca para reclamar el verbo que el español nunca ofreció.
Una reparación, no una invención
Llegados a este punto, conviene recapitular. La inclusión de voluntar en el léxico oficial del español no sería un acto de innovación arbitraria, sino de reparación lingüística. La lengua dispone ya de todos los materiales para construir este verbo: la raíz volunt-, la desinencia -ar, el patrón morfológico (libertad → libertar, facilidad → facilitar) que predice su formación. Lo único que ha faltado durante siglos ha sido el reconocimiento formal de lo que el propio sistema lingüístico ya tiene resuelto.
La filosofía, la teología, la psicología, la literatura y el habla común se beneficiarían de una herramienta léxica que resuelve un vacío real, se ajusta a los patrones derivativos del idioma y se comprende sin explicación. No se trata de inventar una palabra: se trata de darle carta de existencia a una que el español ya estaba pidiendo.
Para profundizar en cada una de las cuatro líneas argumentales, continúa en Voluntar.
Manifiesto
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