Un vacío léxico

Una investigación sobre la casilla vacía: por qué el español dejó sin verbo una raíz que tenía todo lo necesario para generarlo.

El paradigma, conjugado

Antes de preguntarnos por qué falta, conviene oír cómo suena el verbo cuando está. Los hispanohablantes llevan siglos usándolo sin pronunciarlo; basta ponerlo por escrito para comprobar que el idioma lo reconoce sin esfuerzo.

Yo volunto la paz entre nosotros.

Tú voluntas tu propia transformación.

Cuando voluntó salir de aquella vida, no miró atrás.

Voluntamos juntos lo que cada uno, por separado, no podía.

Quizá mañana voluntaréis lo que hoy solo deseáis.

Los que voluntaron fueron los que cambiaron; los demás siguieron queriendo.

Y en los tiempos subordinados:

Quiero que voluntes lo que te conviene, no lo que te apetece.

Si voluntáramos de verdad, no necesitaríamos intentarlo tantas veces.

Habiendo voluntado el perdón, la reconciliación se dio sola.

El verbo funciona. No chirría, no obliga al lector a detenerse, no produce extrañeza más allá de la que produce cualquier palabra leída por primera vez. La única razón por la que un hablante nativo puede sentir una ligera vacilación al encontrárselo es que no aparece en los diccionarios; no que el idioma no lo reconozca.

Esta constatación es el punto de partida de toda la investigación filológica que sigue: si la palabra suena a español, si se conjuga con la misma regularidad que libertar o facilitar, si su significado se percibe sin explicación, ¿qué explica su ausencia del léxico oficial?

La genealogía de la casilla vacía

El español moderno ha heredado su sistema léxico del latín vulgar con adaptaciones romances sucesivas. En el latín clásico existían dos palabras emparentadas por una misma raíz: el verbo velle —con un paradigma irregular, pero vivo y productivo— y el sustantivo voluntas, voluntatis. Convivían, pero cumplían funciones distintas. Voluntas se usaba para designar la facultad volitiva en su sentido filosófico y moral, y los autores latinos lo cargaron de precisión técnica: Cicerón, Séneca, Agustín. Velle, en cambio, era un verbo polisémico ordinario, que cubría desde la petición cotidiana hasta la decisión firme, y que ya en el propio latín clásico funcionaba con una ambigüedad parecida a la que tiene hoy nuestro querer. El latín, en rigor, tenía la familia morfológica completa pero no la distinción semántica que voluntar quiere rescatar: su verbo era tan amplio como el nuestro.

Lo que ocurrió en el paso del latín al romance hispánico es que el verbo velle se perdió, mientras que el sustantivo voluntas se conservó y evolucionó hasta nuestro voluntad. El castellano heredó la rama nominal pero no la verbal. En su lugar, el acto volitivo fue absorbido por querer —del latín quaerere, «buscar»— y por desear —del latín desiderare, «sentir nostalgia de»—. Ambos verbos, obsérvese, tienen en su etimología un matiz de carencia o búsqueda que nunca abandonaron del todo. Cada vez que un hispanohablante dice quiero algo, está diciendo literalmente busco algo que no tengo; la carencia está inscrita en la raíz del verbo.

Otras lenguas románicas siguieron trayectorias distintas en lo morfológico, pero compartieron con el español el mismo problema semántico. El francés conservó vouloir, heredero directo de velle, y el italiano mantuvo volere; el catalán conserva voler. Pero ninguno de estos verbos marca la distinción entre el querer caprichoso y el acto volitivo pleno: je veux un café y voglio un caffè funcionan exactamente como nuestro quiero un café. Heredar el verbo latino no resolvió el problema; solo lo transmitió con su ambigüedad originaria. El portugués, por su parte, siguió un camino más próximo al del castellano: perdió el descendiente directo de velle y concentró el espectro volitivo en querer.

El español y el portugués ocupan, por tanto, el extremo más difícil del problema. No solo carecen del verbo que marque el acto volitivo puro —carencia que el francés, el italiano y el catalán también tienen—, sino que además han perdido la relación morfológica visible entre el sustantivo voluntad y el verbo que más se le acerca: querer no comparte raíz con voluntad, y el hablante hispano no tiene ningún indicio léxico que una una palabra con la otra. En las lenguas que conservaron vouloir, volere o voler, el problema semántico existe pero la relación morfológica sigue siendo visible: el sustantivo y el verbo al menos suenan emparentados.

Fuera de las lenguas románicas, el panorama es distinto. El inglés conservó will con una densidad semántica particular, reforzada por su doble condición de verbo y sustantivo y por su función como auxiliar de futuro. El alemán mantuvo wollen con relación morfológica directa al sustantivo Wille, y la tradición filosófica alemana —Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger— cargó ese verbo con un sentido técnico que el uso cotidiano no tiene pero que, cuando se necesita, la lengua permite. En ambos casos, el recurso técnico está disponible aunque el uso ordinario sea ambiguo. En español, esa posibilidad técnica ni siquiera existe: el verbo no está.

Y sin embargo, el castellano no perdió la raíz. La conservó en todos los derivados nominales (voluntad, voluntario, voluntariamente, voluntariado, voluntarismo). Es decir, la raíz volunt- quedó viva en el idioma, pero sin desembocar en un verbo propio. Una casilla vacía, en medio de un paradigma por lo demás completo.

Lo que la morfología ya había resuelto

Si la raíz volunt- está viva y el español forma verbos regulares a partir de sustantivos en -tad y -dad con total naturalidad, la pregunta filológica pertinente es: ¿por qué nunca se consumó esa derivación?

Los patrones están bien documentados. El español ha producido verbos a partir de sustantivos abstractos de forma sistemática a lo largo de toda su historia:

libertad (s. XIII, del latín libertas) → libertar (s. XV, formado ya en castellano).

facilidadfacilitar (s. XVI).

necesidadnecesitar (s. XV).

capacidadcapacitar (s. XVII).

debilidaddebilitar (s. XV).

dignidaddignificar (derivado por sufijo latinizante).

En cada uno de estos casos, el hablante —sin instrucción académica— construyó el verbo a partir del sustantivo siguiendo el patrón derivativo natural de la lengua. Ninguno de ellos fue una imposición académica: todos nacieron en el uso y fueron reconocidos después por los diccionarios.

La formación de voluntar a partir de voluntad seguiría exactamente el mismo patrón. La derivación es mecánica, la conjugación regular, el resultado transparente. La única diferencia es que, por razones que la filología histórica no ha dejado documentadas, esa derivación particular nunca llegó a producirse en el uso común, y por tanto nunca llegó a los diccionarios.

Hay un indicio significativo, sin embargo: algunos textos antiguos usan el participio voluntado en el sentido de «inclinado» o «dispuesto». Son apariciones esporádicas, no consolidadas, pero muestran que la forma era intuitivamente posible para los hablantes del castellano antiguo. Lo que nunca se consolidó fue el verbo completo, con su paradigma activo.

Una hipótesis sobre la causa

¿Por qué esta derivación particular, entre tantas análogas, se quedó sin completar?

La hipótesis más plausible —aunque imposible de demostrar con certeza filológica— es que querer y desear, dada su enorme productividad y versatilidad semántica, absorbieron desde muy temprano casi todo el espacio semántico que voluntar podría haber ocupado. El español, a diferencia del inglés o del alemán, no desarrolló una distinción léxica entre «desear» y «voluntar» en el habla corriente: ambos quedaron cubiertos por querer. Mientras que aquellas lenguas dispusieron al menos de un verbo capaz de especializarse filosóficamente cuando la tradición intelectual lo exigió, el español nunca llegó a tener ese verbo capaz. Y sin presión semántica que lo reclamara, el verbo derivado de voluntad nunca encontró un hueco en el que instalarse.

Con el tiempo, sin embargo, los contextos especializados —la filosofía, la teología, la mística, la espiritualidad contemporánea— empezaron a notar que querer no basta, que hay un acto volitivo distinto del deseo que el idioma necesita nombrar. Pero para entonces voluntar ya había quedado fuera del diccionario, y los autores se vieron forzados a los circunloquios que hoy siguen apareciendo en sus páginas.

La casilla quedó vacía por saturación del vecino léxico, no por imposibilidad estructural. Lo que no se usa, no se consolida; lo que no se consolida, no se recoge; lo que no se recoge, desaparece como opción aunque siga siendo lingüísticamente posible.

Los neologismos que el español sí admitió

Conviene recordar, para calibrar la propuesta, que el español no es una lengua reacia a incorporar verbos nuevos cuando la necesidad lo reclama. La historia reciente del idioma está llena de incorporaciones análogas:

Digitalizar no existía antes de la era digital. Hoy está en todos los diccionarios, conjugado con regularidad, aceptado sin controversia.

Visibilizar se formó a partir de visible en las últimas décadas del siglo XX, para designar un acto específico —el de hacer visible lo que no se veía— que ver y mostrar no cubrían con precisión. La RAE lo incorporó al diccionario en 2001.

Priorizar, monitorizar, reciclar, climatizar, concienciar: todos ellos son verbos de formación reciente que el español ha admitido porque respondían a una necesidad semántica real y porque su formación respetaba los patrones derivativos del idioma.

Voluntar cumple los mismos dos criterios —necesidad semántica comprobada y formación morfológica regular—, con la diferencia de que la necesidad no es reciente, sino antigua: lleva siglos sin satisfacerse. La propuesta no pide al español que haga algo que nunca haya hecho, sino que aplique a un caso antiguo el mismo criterio que ha aplicado a muchos casos recientes.

La RAE ante los verbos derivados

La Real Academia Española ha tenido, a lo largo de su historia, una política relativamente abierta respecto a los verbos formados por derivación regular. Su criterio, formalizado en sus gramáticas sucesivas, reconoce que el patrón sustantivo → verbo mediante sufijación (-ar, -izar, -ificar) es productivo y legítimo, y que las formaciones resultantes pueden incorporarse al diccionario cuando alcanzan un uso generalizado en la comunidad de hablantes.

El criterio para la incorporación no es la antigüedad de la palabra ni su origen culto, sino su uso vivo. La RAE atiende a lo que los hablantes usan: examina la frecuencia en corpus lingüísticos, el arraigo en distintos registros, la pertinencia semántica, y toma decisiones basadas en esos datos. Cuando un neologismo alcanza una masa crítica de apariciones documentadas y responde a una necesidad real del sistema, la Academia lo incorpora.

Esto tiene una consecuencia operativa inmediata para la propuesta que aquí se defiende: la vía para que voluntar sea reconocido no es tanto el argumento filológico —por sólido que sea— como el uso. Cuantos más hablantes incorporen el verbo a su vocabulario cotidiano, cuantos más autores lo empleen en sus textos, cuantas más apariciones documentadas pueda recoger la Academia en sus corpus, más cerca estará el verbo de su reconocimiento formal.

Las palabras no entran en el diccionario por decreto filológico. Entran por el uso. Y el uso es, precisamente, lo que una propuesta pública puede activar.

El siguiente ángulo

Hasta aquí, el ángulo filológico: el español tiene la raíz, tiene el patrón derivativo, tiene los precedentes análogos, y tiene la estructura normativa para admitir el verbo. Lo que no tiene, porque nunca se consolidó históricamente, es el uso.

Y sin embargo, durante siglos, hubo autores que lo necesitaron desesperadamente. Escritores de primerísimo nivel, que manejaban el idioma con una precisión quirúrgica, se encontraron una y otra vez con que el castellano no les ofrecía el verbo que sus ideas pedían. Tuvieron que recurrir a circunloquios, a negaciones sucesivas, a aproximaciones imperfectas. No porque les faltara maestría, sino porque les faltaba una palabra.

Esos autores son los grandes místicos españoles del Siglo de Oro. La siguiente página los examina de cerca.

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