Filosofía, teología y psicología

Tres disciplinas donde la distinción entre querer y voluntar deja de ser un matiz estilístico y se convierte en un problema doctrinal, dogmático o clínico.

La ausencia del verbo voluntar en el castellano no es un problema decorativo. En las escrituras especializadas —filosóficas, teológicas, psicológicas— esa ausencia introduce distorsiones que afectan al contenido mismo del pensamiento, no solo a su expresión. Un filósofo que no puede decir voluntar termina diciendo otra cosa. Un teólogo que no puede decir Dios volunta termina diciendo algo teológicamente inexacto. Un psicoterapeuta que no puede distinguir léxicamente entre deseo y acto volitivo termina trabajando con una categoría difusa donde debería haber una distinción clínica.

Esta página recorre las tres disciplinas donde la carencia se siente con más agudeza y muestra, con casos concretos, qué ocurre cuando un concepto central pierde su verbo en el paso al español.

Filosofía: Schopenhauer, Nietzsche y la voluntad como acto

La filosofía occidental moderna ha construido algunas de sus teorías más influyentes en torno al concepto de voluntad. Y lo ha hecho, significativamente, en lenguas que disponían del verbo correspondiente —el alemán wollen—, lo cual permitió a sus autores una precisión conceptual que la traducción al castellano ha diluido sistemáticamente.

Schopenhauer publicó en 1819 su obra fundamental: Die Welt als Wille und Vorstellung. La traducción habitual al español es El mundo como voluntad y representación, título correcto en lo nominal pero tipográficamente engañoso en lo que sigue. Porque el libro de Schopenhauer no habla de la voluntad como de un sustantivo estático, una facultad entre otras; habla de Wille como de una fuerza activa, un acto continuo, una dinámica que volunta el mundo. El sustantivo alemán Wille conserva, por su vecindad con el verbo wollen, todo el dinamismo verbal que el sustantivo español voluntad ha perdido. Cuando Schopenhauer escribe que la Wille se manifiesta en todos los niveles de la naturaleza —en la gravedad, en el magnetismo, en el impulso vital de las plantas, en el deseo animal, en la conciencia humana—, no está diciendo que una cosa llamada voluntad esté en todo eso, sino que algo —un voluntar primordial— está actuando en todo eso. La traducción al español, al disponer solo del sustantivo, achata la idea: la voluntad está, no volunta.

Nietzsche radicaliza esta línea con su Wille zur Macht, traducido invariablemente como voluntad de poder. La traducción es sintácticamente correcta pero ontológicamente cojeante. Wille zur Macht no designa un tipo de voluntad —la que apunta al poder— entre otros tipos posibles. Designa un acto primordial: el voluntar que funda todo ser, la fuerza que se ejerce, se expande, se impone. En alemán, el lector oye detrás del sustantivo Wille todo el dinamismo del verbo wollen. En español, el lector lee solo el sustantivo y recibe la impresión de una cosa abstracta, casi metafísica, cuando lo que Nietzsche quería comunicar era un acto.

Los traductores españoles de Nietzsche llevan cien años peleándose con este problema. Algunos han intentado traducir como voluntad de poderío para introducir el matiz activo, pero el resultado suena ampuloso. Otros han recurrido a querer como verbo —«el querer del poder»—, pero querer introduce connotaciones de inclinación o deseo que Nietzsche precisamente rechaza. El camino que les habría resuelto el problema era exactamente el que no podían tomar: un verbo voluntar que permitiera decir «voluntad que volunta el poder», o incluso reformular el título entero como «el voluntar del poder». El castellano los condena, en cambio, a un nominalismo forzoso donde el alemán goza de dinamismo.

Schopenhauer y Nietzsche son solo los casos más visibles. El mismo problema se repite en Agustín (cuya voluntas agustiniana es mucho más acto que facultad), en Descartes (cuya volonté tiene toda la agilidad del verbo francés vouloir), en Kant, en los existencialistas. En cada uno de estos autores, la traducción al castellano sufre una pérdida que no es de matiz, sino estructural: se pierde el dinamismo del concepto, y el concepto deja de funcionar como funcionaba en el original.

Teología: el acto creador de Dios

Si en filosofía la carencia del verbo produce pérdida de dinamismo, en teología produce algo más grave: distorsión doctrinal.

La teología cristiana —católica, ortodoxa y protestante— ha pensado durante dos milenios el acto creador de Dios como un acto de voluntad pura. Dios no crea el mundo por necesidad, no lo crea porque le falte algo, no lo crea porque lo desee en el sentido en que un ser humano desea. Dios crea porque volunta crear: es un acto puro de su Voluntad, soberano, absoluto, eficaz. Decir Dios quiere o Dios desea introduce en la formulación connotaciones que la teología rechaza de manera explícita. Un Dios que quiere algo podría no obtenerlo —y un Dios que puede no obtener lo que quiere no es el Dios del cristianismo—. Un Dios que desea algo implica carencia previa —y un Dios carente no es el Dios que la teología formula—.

El problema se agrava al leer los textos fundacionales. En el prólogo del Evangelio de Juan, el texto griego formula el acto creador con una precisión que el latín conservó (voluit), que el inglés conservó (he willed), y que el alemán conservó (Er wollte). El castellano, al traducirlo, se encuentra sin el verbo equivalente y se ve obligado a recurrir a construcciones como «Dios quiso que...» o «por voluntad de Dios...». Ambas son correctas, pero ninguna captura el carácter de acto puro y eficaz que el original designa. La primera introduce un matiz volitivo que puede leerse como deseo frustrable; la segunda nominaliza el acto y lo convierte en una especie de razón o causa, perdiendo su naturaleza de ejecución.

Las consecuencias dogmáticas son concretas. Cuando la teología trinitaria habla de la Voluntad única del Padre y del Hijo, formula en griego y en latín distinciones sutilísimas que se pierden al traducirse al castellano sin el verbo. Cuando la teología sacramental habla de la intención creadora de Dios en los sacramentos, necesita distinguir entre querer en sentido ordinario y el acto volitivo divino, distinción que el castellano no puede soportar sin perífrasis. Cuando la teología moral habla del consentimiento de la voluntad humana al plan divino, necesita un verbo que describa un acto que no es deseo, ni inclinación, ni cumplimiento pasivo, y no lo tiene.

El resultado histórico es que buena parte de la teología en lengua española ha tenido que formularse en un idioma donde el verbo central no existe, con la consiguiente pérdida de precisión. Los grandes teólogos españoles —desde Francisco Suárez hasta los tomistas del siglo XX— han sorteado el problema con latinismos técnicos o con perífrasis complejas, pero ninguna solución ha cerrado del todo la brecha entre lo que querían decir y lo que el castellano les permitía decir.

Una teología que dispusiera del verbo voluntar podría decir con limpieza lo que hoy solo puede decir con rodeos. Dios volunta el mundo. El Hijo volunta la voluntad del Padre. El alma volunta con Dios en el acto de consentimiento. Cada una de estas frases, que hoy suenan extrañas al oído español, son formulaciones que el sistema teológico pide desde hace siglos, y que la carencia léxica ha impedido cristalizar.

Psicología: el descubrimiento de Otto Rank

La vertiente psicológica del problema es quizá la más actual y la que mayor consecuencia práctica tiene. Aquí el caso ejemplar es Otto Rank (1884-1939), uno de los discípulos más brillantes de Freud y, al mismo tiempo, uno de los primeros en romper con él por razones precisamente relacionadas con este vacío léxico.

Rank había trabajado junto a Freud durante veinte años cuando, hacia 1924, comenzó a advertir que el aparato conceptual del psicoanálisis clásico dejaba fuera una dimensión crucial de la experiencia humana. Freud había construido su teoría en torno al Wunsch —el deseo inconsciente, el anhelo frustrado, la tensión libidinal que busca descarga—. Todo el sistema freudiano, desde la interpretación de los sueños hasta la teoría de las neurosis, descansa sobre esta categoría. El ser humano, para Freud, es fundamentalmente un desear; y el conflicto psíquico surge cuando el deseo choca con la realidad o con la prohibición.

Rank observó algo distinto en la clínica. Observó que los pacientes que se curaban no eran los que deseaban curarse, sino los que en algún momento del tratamiento voluntaban curarse. La diferencia era inconfundible para quien la viera: el deseo de curación es un movimiento pasivo, una esperanza, una expectativa dirigida al terapeuta o al proceso; el acto volitivo de curación es un movimiento activo, una determinación que el paciente asume como propia y que reorganiza toda su relación consigo mismo. Rank vio que la cura no venía del análisis del deseo, como sostenía Freud, sino de la emergencia de esta capacidad volitiva específica, distinta del deseo y a menudo opuesta a él.

Desarrolló esta intuición en una obra titulada Wahrheit und Wirklichkeit (1929), y sobre todo en Willenstherapie (1929-1931), traducida al inglés en 1936 como Will Therapy. La elección del título es significativa: Rank escoge Wille, no Wunsch, como concepto central de su nueva psicoterapia. Y en inglés, la traducción se resuelve con toda naturalidad: Will Therapy. En español, sin embargo, el libro de Rank se titula Terapia de la voluntad —nominalmente correcto, pero semánticamente debilitado—. El título inglés sugiere una terapia que volunta; el español sugiere una terapia sobre la voluntad, como si la voluntad fuera un objeto de estudio más que el acto que constituye la terapia.

La pérdida léxica se multiplica al leer el interior del libro. Rank distingue con precisión quirúrgica entre tres niveles del acto volitivo: el Gegenwille —voluntad contraria, la resistencia—, el Eigenwille —voluntad propia, la autonomía naciente— y la positive Wille —voluntad positiva, el acto creador maduro—. Las tres categorías están construidas sobre el mismo verbo wollen, y su progresión describe una maduración psicológica completa: del «no quiero» al «yo quiero» al «quiero esto». En la traducción española, cada una de estas categorías se nominaliza y pierde dinamismo. La dinámica clínica que Rank describía —cómo un paciente pasa de resistirse, a afirmarse, a crear— se vuelve opaca en castellano, porque el idioma no tiene el verbo que articula las tres fases como actos de voluntar distintos.

El psicoanálisis humanista posterior —especialmente el que se desarrolló en Estados Unidos con Rollo May, que tradujo y prolongó a Rank— recuperó este vocabulario volitivo con enormes consecuencias clínicas. May escribió en 1969 Love and Will, uno de los libros más influyentes de la psicoterapia contemporánea, cuyo argumento central es que la crisis psicológica de la modernidad es una crisis de la voluntad: la gente ha perdido el contacto con su capacidad de voluntar, aunque conserve intacta su capacidad de desear. La solución terapéutica, dice May, no pasa por analizar deseos, sino por reconstruir la voluntad como facultad activa.

Ese libro se tradujo al español como Amor y voluntad. El título nominaliza lo que en inglés era una asimetría muy productiva: Love and Will opone dos fuerzas, dos modos de relacionarse con el mundo, uno receptivo y otro activo. En español, al perder el carácter verbal de will, la oposición se aplana y lo que queda son dos sustantivos paralelos, como si amor y voluntad fueran dos categorías equivalentes. La tesis central del libro —que la voluntad se ejerce, y que su ejercicio es lo que la terapia debe restaurar— queda desvaída por el propio título.

Hoy, la psicología contemporánea sigue necesitando esta distinción. En la clínica actual, cualquier terapeuta con experiencia distingue entre un paciente que desea cambiar y un paciente que volunta cambiar —aunque no pueda expresarlo con ese verbo—. La diferencia es operativamente decisiva: con el primero se trabaja sobre la resistencia, con el segundo se acompaña la transformación. Pero el idioma no les ofrece la palabra, y los manuales de psicoterapia en español siguen hablando de «motivación», «intención», «compromiso», «disposición»: todas aproximaciones imperfectas a lo que un verbo único resolvería.

En el ámbito del coaching, de la psicología del deporte, de las terapias orientadas a objetivos, de la intervención en adicciones, de la psicopedagogía del cambio, la diferencia entre desear y voluntar está en el centro de la práctica profesional. Y sigue sin tener nombre en español.

La convergencia

Los tres campos iluminan la ausencia desde ángulos distintos, pero convergen en el mismo diagnóstico. La filosofía la siente como pérdida de dinamismo conceptual. La teología la siente como riesgo de distorsión dogmática. La psicología la siente como opacidad clínica. En los tres casos, el castellano se ve obligado a decir con perífrasis, aproximaciones o préstamos lo que las demás grandes lenguas europeas dicen con un solo verbo.

Lo notable es que ninguno de los tres campos ha dejado de trabajar por esta carencia. La filosofía en español ha producido traducciones valiosas de Schopenhauer y Nietzsche, aunque debilitadas; la teología en español ha formulado una dogmática rigurosa, aunque a costa de latinismos y circunloquios; la psicología en español ha desarrollado una clínica efectiva, aunque trabajando con un vocabulario insuficiente. Los tres campos han hecho lo que se podía hacer con las herramientas léxicas disponibles. La pregunta que esta propuesta plantea es si no habrá llegado el momento de ampliar esas herramientas, poniendo a disposición del idioma el verbo que las tres disciplinas —y muchas otras— llevan siglos necesitando.

El siguiente ángulo

Hasta aquí, el problema visto desde las disciplinas establecidas: filosofía, teología, psicología clínica clásica. Pero hay un cuarto ámbito donde la carencia del verbo se hace sentir con una urgencia contemporánea particular, y afecta a una comunidad de lectores más numerosa que las tres anteriores juntas.

Un curso de milagros —obra espiritual del siglo XX traducida hoy a más de veinte lenguas— es, en su núcleo, un manual sobre la voluntad. Y es en la lengua española donde esa enseñanza se encuentra con las mayores dificultades de transmisión, precisamente porque el verbo central de la obra no existe en el idioma de llegada. La siguiente página examina ese caso.

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